
Sebastian Giovinco es un jugador para la Juventus. Lo ha demostrado cada vez que ha salido al campo, haciendo algo distinto, dando su aporte de calidad y ayudando al equipo a resolver situaciones complicadas (como en Lecce o en Minsk contra el BATE). Pero además de técnica, Giovinco ha demostrado tener carácter desde que llegó a la Juve. Su falta de minutos no le hicieron rendirse y siempre ha tenido fe y ha creído en sí mismo por encima de todo. Es un luchador y lo corroboró ayer en la presentación del libro "La favola bella della Formica Atomica", que pretende, con el ejemplo, enseñar a otros jóvenes que sí se puede jugar en la Juventus. Ayer volvió a declarar su amor por la Juventus, sus ganas de quedarse donde está y de cobrarse una pequeña 'vendetta', afirmando que no le asusta el fichaje de Diego y que si este año no ha jugado con continuidad, era porque "al anterior entrenador no le gustaba".
Seguramente, las palabras de Giovinco no sean un intento de desahogo, y dan más fuerza todavía a la declaración medioinstitucional de Alex Del Piero el pasado domingo, tras ganar al Siena después de dos meses sin poder hacerlo: "Ranieri tiene una manera de ver el fútbol que sólo él entiende". La fractura entre el técnico y el vestuario era evidente y se ha confirmado en cuanto la situación finalmente ha estallado. El por qué de lo tardío de la decisión de la directiva de rebocar a Ranieri de su puesto es otro tema. Porque de entre todo esto, lo que resalta más, es el engaño en el que nos tenía instalados el técnico anterior. Desde principios de temporada dijo que iba a apostar por Giovinco, que iba a ser una pieza fundamental del futuro. Después habló de "gestionar correctamente" a los jóvenes y al final ni le gustaba ni apostaba ni gestionaba. Algunas decisiones incomprensibles se vieron soliviantadas por resultados positivos, por la garra del equipo o por pura palabrería que logró convencer a muchos. En su segunda etapa en el Valencia, en El país, un periodista le preguntó: "¿Por qué Aimar no puede jugar tres partidos seguidos?" La respuesta de Ranieri fue bastante locuaz, directa y definitoria: "Porque pesa 60 kilos".
La reiteración permite, después del desenmascaro paulatino que se le va haciendo a Ranieri, calificarle para siempre: su desprecio por el fútbol de calidad ha terminado convirtiéndole en un fantasma que se verá condenado a vagabundear por las alcantarillas del fútbol más socarron y simplista. Sus niñatadas tras caer eliminado ante el Chelsea han terminado por condenarle de por vida, dejando al descubierto a la poca persona que había detrás del entrenador leído que con sus dicterios siempre en positivo encantaba a las sirenas. Si perdió la oportunidad de hacer historia con la Juventus, ha sido, simplemente, porque no estaba a la altura ni como persona ni como entrenador.
Pero Claudio ya es un problema del pasado y fácil de olvidar. Agraciadamente, el espíritu del equipo sobrevive. Sin el yugo romano, el equipo conserva intactos esos futbolistas compatibles con el juego atractivo y eficaz y ha incrementado el nivel técnico con Diego Ribas. Ése es el camino, dejando espacio al fútbol y la imaginación necesaria sin entrar en conflicto con planteamientos tácticos muchas veces absurdos. Sin Ranieri, Giovinco quedará libre para devolver a la Juve la gloria arrebatada a base de regates, caños, pases y goles imposibles También Trezeguet, ahora que su presencia no incomoda a nadie y Quagliarella se fue al Nápoles
Seguramente, las palabras de Giovinco no sean un intento de desahogo, y dan más fuerza todavía a la declaración medioinstitucional de Alex Del Piero el pasado domingo, tras ganar al Siena después de dos meses sin poder hacerlo: "Ranieri tiene una manera de ver el fútbol que sólo él entiende". La fractura entre el técnico y el vestuario era evidente y se ha confirmado en cuanto la situación finalmente ha estallado. El por qué de lo tardío de la decisión de la directiva de rebocar a Ranieri de su puesto es otro tema. Porque de entre todo esto, lo que resalta más, es el engaño en el que nos tenía instalados el técnico anterior. Desde principios de temporada dijo que iba a apostar por Giovinco, que iba a ser una pieza fundamental del futuro. Después habló de "gestionar correctamente" a los jóvenes y al final ni le gustaba ni apostaba ni gestionaba. Algunas decisiones incomprensibles se vieron soliviantadas por resultados positivos, por la garra del equipo o por pura palabrería que logró convencer a muchos. En su segunda etapa en el Valencia, en El país, un periodista le preguntó: "¿Por qué Aimar no puede jugar tres partidos seguidos?" La respuesta de Ranieri fue bastante locuaz, directa y definitoria: "Porque pesa 60 kilos".
La reiteración permite, después del desenmascaro paulatino que se le va haciendo a Ranieri, calificarle para siempre: su desprecio por el fútbol de calidad ha terminado convirtiéndole en un fantasma que se verá condenado a vagabundear por las alcantarillas del fútbol más socarron y simplista. Sus niñatadas tras caer eliminado ante el Chelsea han terminado por condenarle de por vida, dejando al descubierto a la poca persona que había detrás del entrenador leído que con sus dicterios siempre en positivo encantaba a las sirenas. Si perdió la oportunidad de hacer historia con la Juventus, ha sido, simplemente, porque no estaba a la altura ni como persona ni como entrenador.
Pero Claudio ya es un problema del pasado y fácil de olvidar. Agraciadamente, el espíritu del equipo sobrevive. Sin el yugo romano, el equipo conserva intactos esos futbolistas compatibles con el juego atractivo y eficaz y ha incrementado el nivel técnico con Diego Ribas. Ése es el camino, dejando espacio al fútbol y la imaginación necesaria sin entrar en conflicto con planteamientos tácticos muchas veces absurdos. Sin Ranieri, Giovinco quedará libre para devolver a la Juve la gloria arrebatada a base de regates, caños, pases y goles imposibles También Trezeguet, ahora que su presencia no incomoda a nadie y Quagliarella se fue al Nápoles













